Inundaciones: la borrasca de Santa Catalina

A la extensa y variada tradición sobre un Diluvio Universal sobrevenido en tiempos remotos -se conocen al menos 168 leyendas que relatan o hacen referencia al mismo- suele sumarse la creencia de que otro episodio semejante significará el fin del mundo. El hombre, en su absurdo y reiterado empeño por invadir terrenos que la naturaleza ha previsto para otros fines, no sólo no ha sabido frenar el impacto de las fuertes lluvias sino que ha contribuido a que éstas resulten aún más catastróficas.

29 de septiembre de 1919. Plaza del Ayuntamiento. Conocida como la "Gran Riada", fue la más importante y trágica de las 14 grandes inundaciones sufridas en Cartagena durante el s. XX.

29 de septiembre de 1919. Plaza del Ayuntamiento. Conocida como la “Gran Riada”, fue la más importante y trágica de las 14 grandes inundaciones sufridas en Cartagena durante el s. XX.

Existe en la Comarca de Cartagena una amplia tradición sobre inundaciones, crecidas, riadas y desbordamientos de ramblas y barrancos. Los habitantes del Sureste peninsular, ya desde los tiempos de Mastia o de Testa, vivimos acostumbrados a padecer la ira de Ibero, pastor de los innumerables rebaños de nubes, ríos, lagos y mares.

Quizá la más antigua inundación de la que se tiene conocimiento en Cartagena sea la Riada de Julio Cesar el año 47 a. C. y que afectó a toda la zona que hoy comprende el Campo de Cartagena, el Mar Menor y el Sur de Alicante.

De la oscura Baja Edad Media nos llegan breves referencias a importantes riadas en los años 1143, 1258, 1292, 1356 y 1379.

Plaza del Ayuntamiento, 1919. El agua llegó hasta una altura de 3,2 m. en la calle Real y 3 m. en la calle Carmen y Santa Florentina.

Plaza del Ayuntamiento, 1919. El agua llegó hasta una altura de 3,2 m. en la calle Real y 3 m. en la calle Carmen y Santa Florentina.

Durante el siglo XVI fueron importantes las riadas de San Lucas en 1545 y San Ciriaco en 1558. Pero es en el XVII cuando se producen las peores catástrofes: La Tormenta de Santa Úrsula, el 21 de octubre de 1604, la Riada de San Calixto, el 15 de octubre de 1651, la de San Severo en 1653, las de San Miguel, el 24 de septiembre de 1664, San Patricio en 1672 o Santo Tomás en 1683 son casi anécdotas en comparación con lo que se vivió en Cartagena la noche el 23 al 24 de noviembre de 1694. Quizás nunca se ha sentido tan vivamente en Cartagena la certeza de que, si no el fin del mundo, la desaparición de la ciudad estaba próxima.

Ya el 23 de noviembre el día amaneció oscuro, tenebroso y frío. Desde primeras horas de la mañana el Ave del Viento agitó sus gigantescas alas con enfurecida violencia. Cuentan que el Levante soplaba con tal dureza que las copas de los árboles barrían los suelos. Aquel día los pescadores amarraron sus barcos, recogieron sus pertrechos y encendieron las velas de cera. Los ciudadanos se resguardaron en sus casas, bien trincados puertas y postigos, mientras negruzcos y siniestros nubarrones volaban raudos hacia el Oeste dejando a su paso los primeros chubascos.

Rescate en la calle Mayor, 1919. Las barcas se hicieron imprescindibles en los salvamentos.

Rescate en la calle Mayor, 1919. Las barcas se hicieron imprescindibles en los salvamentos.

Calle Mayor, 1919.

Calle Mayor, 1919.

Recoge Federico Casal en sus “Leyendas, tradiciones y hechos históricos de Cartagena” que caída la tarde Cartagena era una población fantasma: “En las campanas de la vieja Catedral había sonado con lúgubre tañido la hora de la oración, la población desierta, presentaba un fantástico aspecto al cárdeno resplandor de los continuos relámpagos, y bajo el fragor de desgarradores truenos se oía en toda la ciudad el rugir de las embravecidas olas.”

Plaza de Las Monjas, 1919.

Plaza de Las Monjas, 1919.

La mañana del día 24 la tormenta arreció considerablemente. Agua y viento, unidos, arrastraban cuanto aparecía a su paso. Gigantescas olas penetraron en la ciudad a través de la Plaza Mayor inundando las calles Real y Mayor. Por Poniente, en el espacio que hoy ocupa el Arsenal, el mar penetró hasta el Almarjal estallando en elevados chorros al chocar con las aguas que, procedentes de las ramblas, venían a desembocar al mar. En el puerto, los destrozos fueron innumerables. Así lo cuenta Federico Casal: “Las embarcaciones bailaban como débiles plumas sobre las encrespadas olas; dos galeras de la Real Escuadra que en el puerto debían invernar fueron maltratadas brutalmente, perdiendo todos sus pertrechos, velamen y arboladura, y aterrada la chusma que la tripulaba y desobedeciendo a sus jefes, se lanzaron al mar, donde perecieron, siendo imposible toda salvación. El bergantín de S.M. que hacía la carrera de Orán, rompió áncoras y amarras y fue a estrellarse contra las rocas de la montaña que mira la levante (Galeras) y en el Batel fue destruido un vagel puesto en quilla, propiedad de una cartagenero que hacía el corso por nuestras costas”. Los pescadores perdieron todas sus barcas e instalaciones. Muchos edificios de la ciudad sufrieron daños irreparables, entre ellos el Palacio Consistorial y las Casas del Rey.

Finalmente, ante la insistencia de los ruegos y oraciones del pueblo, los santos Fulgencio, Isidoro, Leandro y Florentina intercedieron de alguna forma y la borrasca cesó.

Plaza de Las Monjas, 1919.

Plaza de Las Monjas, 1919.

Dos años más tarde, en 1696, el Cabildo Municipal acordó celebrar anualmente una fiesta de acción de gracias a los Cuatro Santos. Por la mañana habría de celebrarse una misa cantada y por la tarde se sacaría a los Cuatro Santos en procesión por la ciudad. Hoy, más de trescientos años después, continua celebrándose cada 24 de noviembre una función votiva en agradecimiento a los santos que socorrieron la ciudad.

Durante el siglo XVIII, con especial intensidad entre los años 1726 y 1741, se repiten con regularidad inundaciones, riadas, avenidas y desbordamientos.

Calle Mayor, 1919.

Calle Mayor, 1919.

López Bermúdez (“Inundaciones catastróficas, precipitaciones torrenciales y erosión en la provincia de Murcia”) Arévalo (“Relación de grandes inundaciones en la provincia de Murcia”) y Torres Fontes (“Inundaciones en Murcia”) recuerdan importantes riadas de los años 1802, 1828, 1830, 1831, 1834, 1838, 1846, 1860, 1879, 1884 y 1891.

Plaza del Rey, 1919.

Plaza del Rey, 1919.

El 30 de abril de 1802 la tormenta se hizo sentir con furia en Cartagena, pero peor fue la rotura del embalse de Puentes en Lorca, con la muerte de 608 personas y la pérdida de 700 hectáreas cultivadas.

El 11 de junio de 1830 la Riada de San Bernabé inundó completamente el Campo de Cartagena, anegó el Almarjal y desbordó la Rambla de Benipila haciendo saltar sus aguas por encima del puente de La Concepción.

Fonda Francesa,1919.

Fonda Francesa, calle Mayor, 1919.

La tormenta del 29 de noviembre de 1834 se sintió en todo Levante, pero afectó especialmente a la ciudad de Cartagena El desbordamiento de las ramblas de Benipila y Santa Lucía permitió que el agua invadiera la zona del Almarjal y las calles Real, del Carmen, Puerta de Murcia y Mayor.

El agua alcanzó 11 metros de altura sobre el nivel del mar en Cartagena el día 29 de septiembre de 1843. El 15 de octubre de 1879 la riada de Santa Teresa provocó graves daños en Cartagena pero afectó mayormente a Murcia, Lorca y toda la Vega Baja. Hubo 777 muertos y se perdieron 24.000 hectáreas de cultivo. A la Riada de los 30 Días en enero de 1881 siguieron la de septiembre del mismo año, la de los 43 Días en 1890 y la de San Jacinto en septiembre de 1891.

Puerta de Murcia, 1919.

La Puerta de Murcia inundada. En el centro, el Palacio Pedreño “navega” entre las calles Sagasta y Carmen.

Varios autores recogen las riadas de San Aniceto, el 27 de junio de 1900, la de 1906 con el desbordamiento el día 5 de septiembre de las ramblas de Benipila y del Hondón, y la Riada de San Miguel el 29 de septiembre de 1919. “Avenidas fluviales e inundaciones en la cuenca del Mediterráneo”

Puerta de Murcia, 1919.

Puerta de Murcia, 1919.

El diario El Eco de Cartagena contaba en octubre de 1919 que aquel día 29 “la lluvia había comenzado a caer sobre las siete de la tarde” y que gran parte de Cartagena quedó inundada por el agua que llegó a rebasar los dos metros y medio de altura en las calles Jabonerías, Conducto, Puertas de Murcia y Real. Según el diario La Tierra el agua alcanzó “hasta la mitad de la altura de las columnas del Ayuntamiento”, al que no fue posible acceder hasta 8 días después. Todos los comercios de las calles del Carmen, Puertas de Murcia y Mayor quedaron arrasados y la tromba de agua hizo que se formaran dos amplios lagos en el Almarjal y en El Hondón. Tanto el Eco como La Tierra culparon de la catástrofe a la administración municipal. La edificación sobre la rambla de la Anguililla, cauce natural que cruzaba el Almarjal de Levante a Poniente e iba a confluir con la Rambla de Benipila para desembocar en la Algameca, y el vertido de los escombros de un cuartel en la misma rambla, fueron según la prensa local causa de la muerte de 22 personas, la destrucción de numeroso arbolado e importantes cosechas, la desaparición de ganado y otras desgracias menores.

Paseo de Alfonso XII, 1919.

Paseo de Alfonso XII, 1919.

La Tormenta de San Quintín el 31 de octubre de 1923, la del 21 de octubre de 1948, la del 13 de noviembre de 1953, o las todavía frescas en la memoria de los cartageneros del 20 de octubre de 1972 y del 14 de octubre de 1973 en la que perecieron 200 personas tras el fuerte temporal que azotó a las regiones de Murcia, Almería y Granada, no serán, sin duda, las últimas que habremos de lamentar.

Calle Carmen y Plaza de España, 1919.

Calle Carmen y Plaza de España, 1919.

La fuerza del agua hizo volcar hasta los tranvías.

La fuerza del agua hizo volcar hasta los tranvías.

Calle del Carmen, 1919.

Calle del Carmen, 1919.

Calle Ángel Bruna, 1919.

Calle Ángel Bruna, 1919. En primer plano el edificio de las Siervas de Jesús.

Vista de la Estación de Ferrocarril y el tristemente desaparecido recientemente chalet de Los Magro, con el agua cubriendo todo el terreno que los rodea.

Vista de la Estación de Ferrocarril y el tristemente desaparecido chalet de Magro, con el agua cubriendo todo el terreno que los rodea.

La zona del Ensanche (Ángel Bruna) como un inmenso lago. A la izquierda la residencia de las Siervas de Jesús, y a la derecha, el edificio de Los Catalanes y el hotelito de Peñarroya.

La zona del Ensanche (Ángel Bruna) como un inmenso lago. A la izquierda la residencia de las Siervas de Jesús, y a la derecha, el edificio de Los Catalanes y el hotelito de Peñarroya.

El Ensanche

Otra toma desde el mismo lugar.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919. La laguna de aguas estancadas que se formaba en esta zona era, en ocasiones, foco de epidemias.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919. Al fondo el chalet de Magro y la estación de ferrocarril.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919.

Tras la Muralla de Tierra, el cerro de La Cruz o Despeñaperros y en la cima del Monte Sacro observamos el depósito de agua de la Compañía Inglesa.

Zona del Almarjal, 1919.

En el centro de la imagen la entrada a la calle San Diego, entre los cerros de San José y La Cruz.

"Navegando" por el Almarjal, 1919.

“Navegando” por el Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919. A la derecha el chalet de Magro.

Zona del Almarjal, 1919.

Zona del Almarjal, 1919.

1 de octubre de 1948. Gran inundación en Cartagena. Una imagen del Banco de España muy veneciana.

21 de octubre de 1948. Gran inundación en Cartagena. Una imagen del Banco de España muy veneciana.

Estadio Almarjal, 1954.

Campo de fútbol del Almarjal, 1954.

Los Franciscanos, 1955.

Vista de “Los Franciscanos” en la inundación del 22 de noviembre de 1955.

El Ensanche, 1955.

El Ensanche, 1955. Casa de Corea-Bazán.

Casa de Corea-Bazán, 1955.

Casa de Corea-Bazán, 1955.

Escalinata del Ayuntamiento.

Rescate en la escalinata del Ayuntamiento.

Artículo de: Ángel Rojas Penalva.
Fotos y pies de imagen: Salvador Zamora.

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La botica de la calle Mayor

Seguro que la mayoría de los cartageneros, al pasar por la calle Mayor, nos habremos fijado en los edificios derribados que hacen esquina con la calle Medieras, y aún más en unas restos descubiertos en el interior de lo que antes era una farmacia, destacando un gran aljibe de la primera mitad del siglo XIX. Para los interesados en este lugar, les narraré algunos retazos de su historia.

Restos encontrados en el solar.

Restos encontrados en el solar.

Situado en la parcela que hoy es manzana de la calle Mayor, Medieras, Aire y plaza San Sebastián, se encontraba el convento de Santo Domingo, fundado en 1580 por predicadores dominicos bajo la advocación a San Isidoro. El modesto convento se mandaría derribar para la posterior venta del solar, siguiendo el plan de Desamortización de Mendizábal. Este plan se basaba en un Real Decreto supresor de conventos y casas religiosas, firmado por la reina Isabel II el 25 de julio de 1835.

Don Benito Pico, en una parcela del solar comprada por su padre y que hace esquina con la calle Mayor y Medieras, construyó una botica para su hijo Eduardo Pico y Bres. Éste nació en Cartagena el 29 de agosto de 1829 y recibió su doctorado en Farmacia por la Universidad Central de Madrid el 20 de abril de 1855. En 1856 ya estará al mando de su recién estrenada botica.

Eduardo Pico y Bres.

Eduardo Pico y Bres.

Eduardo Pico y Bres.La enorme personalidad de Eduardo Pico y Bres imprimió carácter a la casa. Hasta su muerte, en 1902, no hubo acontecimiento, exposición, epidemia, plaga, empresa humanitaria, etc., donde no estuviera activamente presente. En plena juventud y con grandes inquietudes, estaba dispuesto a hacer de su rebotica el centro neurálgico de todos los nervios políticos y artísticos de la ciudad.

Su proyección intelectual derivó por varios frentes. Por un lado, la cartagenerísima “Sociedad de los Burros”. Más allá, una preocupación política, que le llevó a jugarse la vida en conjuraciones. Después, la inquietud artística por la que dará a conocer a los cartageneros al gran Ussel de Guimbarda y tomará contacto con el poeta Monroy. También, su actividad municipal en épocas muy difíciles para la ciudad (consecuencias cantonales, epidemias, plagas, etc.). Y por último, una dedicación espiritual y material al cementerio de Ntra. Sra. de los Remedios, a la Cruz Roja y al Santo Hospital e Iglesia de la Caridad.

Fue un entusiasta progresista, enamorado de las ideas liberales, cuya farmacia sirvió de centro principal para la conspiración política cartagenera. Allí se forjaban órdenes que, de haber sido públicas, costarían la libertad o la vida a quienes las recibían o las daban. Allí concurría Olozaga y estuvo disfrazado, en una noche memorable, el inolvidable general Prim. También pasaron Manuel Ruiz Zorrilla, Gaminde, Milans del Bosch y cuantos progresistas importantes visitaron Cartagena para preparar el alzamiento contra el decadente régimen monárquico. Tal fue la importancia de la botica clandestina que como resultado del alzamiento triunfó la Revolución del 68, “La Gloriosa”, que acabó con el destronamiento y exilio de Isabel II y la instauración de una monarquía constitucional.

También allí, Prim, Zorrilla y sus ilustres acompañantes expusieron sus planes para el desarrollo de los principios que más tarde se verían reflejados en las leyes democráticas que forman la Constitución Española de 1869.

El general Juan Prim i Prats, destacado militar y político, defensor de la monarquía constitucional, propuso a Amadeo de Saboya al trono, ocupó el Ministerio de la Guerra y fue Presidente del Gobierno tras la Revolución del 68. Asesinado en Madrid en 1870.

El general Juan Prim i Prats, destacado militar y político, defensor de la monarquía constitucional, propuso a Amadeo de Saboya al trono, ocupó el Ministerio de la Guerra y fue Presidente del Gobierno tras la Revolución del 68. Asesinado en Madrid en 1870.

Manuel Ruiz Zorrilla (izq.), fue designado presidente de las Cortes constituyentes y proclamó a Amadeo I de Saboya (dcha.) como nuevo rey.

Manuel Ruiz Zorrilla (izq.), fue designado presidente de las Cortes constituyentes y proclamó a Amadeo I de Saboya (dcha.) como nuevo rey.

De la botica salieron los componentes de la Junta revolucionaria que ejerció la autoridad tras el triunfo de la Revolución.

Eduardo Pico y Bres, junto a José Mª Vera, Tomás Ametller, Andrés Pedreño y el arquitecto Carlos Manchas entre otros, se presentó en el Ayuntamiento proponiendo la construcción de un cementerio municipal con el nombre de Ntra. Sra. de los Remedios, para lo cual se comprometen a facilitar los fondos necesarios sin ningún interés. Por lo tanto, podemos decir que el cartagenero cementerio es producto de los progresistas, y su habilitación, uno de los más importantes acuerdos tomados por la Junta de Cartagena, presidida por Prefumo.

El 1 de enero de 1875, la farmacia pasa a Simón Higinio Martí y Pagán, hijo de Simón Martí (conspirador y tertuliano con Pico). La farmacia vuelve otra vez a manos de Eduardo Pico tras la muerte de Simón Higinio Martí en 1886. Don Eduardo se haría cargo de ella hasta abril de 1902, que pasaría a Agustín Malo de Molina y Pico, su sobrino.

La farmacia en 1920. Fotografía de Agustín Malo de Molina.

La farmacia en 1920. Fotografía de Agustín Malo de Molina.

La farmacia, propiedad de Mª Dolores Ros, en 1993.

La farmacia, propiedad de Mª Dolores Ros, en 1993.

El 1 de mayo de 1922, Agustín Malo de Molina y Pico la arrendaría a Agustín Merck y Bañón, y en 1932 pasaría a Manuel Malo de Molina. Fallecido éste en 1971, su oficina de farmacia fue, por poco tiempo, de la Sra. Viuda de Malo de Molina.

Huérfana la botica, fueron muchos la que la rondaron, pasando finalmente a manos de la Lda. Dª María Dolores Ros, su última propietaria.

Aún sobrevivían las arábicas estructuras que daban acceso a la histórica rebotica.

Aún sobrevivían las arábicas estructuras que daban acceso a la histórica rebotica.

Interiores

Interiores

Botamen

Botamen

Detalle del fresco realizado en el techo por Ussel de Guimbarda que representa al antiguo médico griego, Galeno, precursor de la medicina moderna.

Detalle del fresco realizado en el techo por Ussel de Guimbarda que representa al antiguo médico griego, Galeno, precursor de la medicina moderna.

Para finalizar reproduzco el último párrafo del libro “La botica de la Calle Mayor de Cartagena”, escrito por José Guillermo Merck-Luengo en 1994, y que me llevan a evocar, con melancolía, aquella botica sencilla y grande en nuestra historia: “Cuando nos alejábamos de la Farmacia, vimos en la puerta del establecimiento, a la hija de la titular, una linda adolescente, y me imaginé a los entrañables fantasmas de la Botica rodeando a la chiquilla y comentando alborozados su grata presencia. Estoy seguro que las figuras y figurones de nuestra pequeña historia se llevaron, ante la joven generación, una gran alegría: La vigencia y continuidad de la memorable Farmacia de la Calle Mayor de Cartagena estaba gozosamente garantizada”.

La Feria de Verano en el paseo Alfonso XII

En 1874, Cartagena obtuvo la autorización de terraplenar y ganar terreno al mar para la construcción del nuevo muelle, que finalizado en sólo tres años, sería inaugurado por Alfonso XII.

Año 1890. Terminación de la primera fase.

Año 1890. Terminación de la primera fase.

De cara al mar se encontraba el muelle comercial, con sus tinglados, vías, andenes y ferrocarriles. Paralelo al muelle quedaba un paseo que se denominó Paseo de Alfonso XII (llamado de La Libertad durante la 2ª República) o Paseo del Muelle, como coloquialmente se le conoce.

Tinglados, vías y vapores en el nuevo muelle comercial.

Tinglados, vías y vapores en el nuevo muelle comercial.

En el paseo tenían representación los grandes bares y cafés de la calle Mayor. Para el periodo estival se levantaban teatros de madera, como el instalado en 1888, llamado Circo de la Riba; el barracón “Cinematógrafo Oriental”, propiedad de los Hnos. García Molero, precursores del cine en Cartagena; o “El Brillante”, propiedad de Cánovas y Valero, donde llegaron a actuar estrellas de la época como la Bella Chelito y Amalia Molina.

Vistas del Paseo de Alfonso XII .

Vistas del Paseo de Alfonso XII y el Ayuntamiento.

Vista del Paseo de Alfonso XII. Como fondo la muralla y el edificio de Intendencia.

Vista del Paseo de Alfonso XII. Como fondo la muralla y el edificio de Intendencia.

Al atardecer, el paseo era punto de encuentro de toda la población. Tal era el ambiente y el buen estar que reinaba que se alquilaban sillas para ver el devenir de la gente.

A pesar de todo, aún había algo que lo hacía más atractivo: era la Feria de Verano de Cartagena, que duraba desde el 25 de julio hasta el 15 de agosto. Esta feria se celebraba en la Plaza de la Merced desde mediados del siglo XVIII. En 1851 se trasladó al solar que dejó el monasterio franciscano (que luego se transformaría en la Glorieta de San Francisco), y a partir de 1887, se ubicaría en el Paseo del Muelle, dándole más esplendor por su situación en el exterior del recinto y realzándola con el alumbrado de gas, y más tarde el eléctrico. En el tiempo de feria, Cartagena se llenaba de forasteros y todas las fondas estaban completas. Eran días en que la casa se llenaba de familiares venidos de fuera.

Año 1904. Vista del Paseo desde la muralla. De izquierda a derecha, el pabellón del Ayuntamiento y del Círculo Militar.

Año 1904. Vista del Paseo desde la muralla. De izquierda a derecha, el pabellón del Ayuntamiento y del Círculo Militar.

Pabellones del Ayuntamiento y del Casino desde el muelle comercial.

Pabellones del Ayuntamiento y del Casino desde el muelle comercial.

El Eco de Cartagena, en su edición del 26 de agosto de 1899 definía así la feria: “Mirada desde el puerto, con sus múltiples lámparas eléctricas que, pendientes de altísimas columnas, vierten sobre ella cascada de brillante luz, con su largo y anchuroso paseo festoneado de millares de luces encerradas en bombas de cuajado cristal y con sus pabellones artísticos y hermosos, que rompen con su desigualdad armónica la monotonía del fondo y que a fuerza de estar de sobra iluminados parece que se levantan en el seno de una atmósfera incendiada”. Todo este poético escenario se veía aún más enaltecido con los barcos iluminados en la bahía y el engalanamiento de las principales calles de la ciudad.

El paseo engalanado.

El paseo engalanado.

Arco de entrada al real de la feria.

Arco de entrada al real de la feria.

Se accedía al Real de la Feria por una portada monumental. La levantada en 1902 presentaba la inscripción “A S.M. el Rey Alfonso XIII, la ciudad de Cartagena” con motivo de su coronación y estaba revestida con miles de bombillas eléctricas de diversos colores. La erigida en 1907, y desaparecida en 1911 por un vendaval, fue una de las más bellas. Su decoración, a base de motivos de mar, de campo y de la mina, fue realizada por pintores tan importantes como Francisco Portela de la Llera, Manuel Iznardo y Miguel Díaz Spottorno.

Año 1902. La portada presenta la inscripción "A S.M. el Rey Alfonso XIII, la ciudad de Cartagena"

Año 1902. La portada presenta la inscripción “A S.M. el Rey Alfonso XIII, la ciudad de Cartagena”

Año 1903. Arco de entrada al recinto ferial y los majestuosos pabellones.

Año 1903. Arco de entrada al recinto ferial y los majestuosos pabellones.

Durante la feria, el Ayuntamiento y las sociedades recreativas como el Casino, el Ateneo, el Círculo Militar y la Unión Mercantil, instalaban suntuosos quioscos o pabellones profusamente decorados, obras de los arquitectos locales de más prestigio como Víctor Beltrí, Tomás Rico o Francisco de Paula Oliver. En estos pabellones, se celebraban elegantes bailes y cotillones hasta altas horas de la madrugada, tocaban las bandas militares, y sextetos de grandes maestros interpretaban conciertos de música clásica.

El Pabellón de la Corporación Municipal fue levantado en 1902 por Tomás Rico. Es una combinación de cúpulas, doseles, columnas, gabletes y jarrones en un estilo barroco modernista. Desde este pabellón del Ayuntamiento, el 23 de junio de 1903, Alfonso XIII presenció el desfile militar organizado en su honor con motivo de su visita oficial a la ciudad.

En el año 1902, el Ayuntamiento, presidido por Ángel Bruna, encarga a Tomás Rico la construcción de este magnífico pabellón.

En el año 1902, el Ayuntamiento, presidido por Ángel Bruna, encarga a Tomás Rico la construcción de este magnífico pabellón.

Dos visitantes posan ante la obra de Tomás Rico.

Dos visitantes posan ante la obra de Tomás Rico.

Del Pabellón del Casino, levantado por Oliver, el diario local escribía: “…el lujoso pabellón del Casino que al inaugurarse mañana por la noche parecerá un palacio de la luz habitado por hadas”

En él se organizaban bailes los jueves y los domingos por la noche, y daba conciertos de piano el maestro Álvarez, autor del pasodoble Suspiros de España. En sus jardincillos jugaban los niños, que sólo podían acceder a su interior los jueves por la tarde.

Pabellón del Casino, obra de Oliver.

Pabellón del Casino, obra de Oliver.

Otra vista del Paseo con el Pabellón del Casino.

Otra vista del Paseo con el Pabellón del Casino.

El Pabellón del Círculo Militar, obra de Víctor Beltrí, fue erigido en 1902. La prensa lo definió como de estilo japonés, basándose en unas formas que recordaban las proas de las góndolas. También destacaban unos mástiles inclinados apoyados sobre los soportes de la estructura y que sujetaban el toldo. El acceso a este pabellón estaba limitado a los militares y a sus invitados. Fue destruido en 1907 por un vendaval.

Pabellón del Círculo Militar, levantado por Víctor Beltrí.

Pabellón del Círculo Militar, levantado por Víctor Beltrí.

Llamaba la atención el original diseño que la prensa definía como "japonés"

Llamaba la atención el original diseño que la prensa definía como “japonés”

1922. Pabellón del Taurino.

1922. Pabellón del Taurino.

La Casa de Expósitos instalaba una barraca donde se realizaban rifas y cuyas papeletas eran vendidas por bellas señoritas casaderas.

En el recinto ferial también habían casetas de madera y puestos de baratijas, de abanicos, de juguetes y de dulces; arcos de luces, farolillos y gallardetes de colores; títeres, ruedas de caballitos y cinematógrafos como el Lumière.

Real de la feria.

Real de la feria.

Paseando por la feria.

Paseando por la feria.

La feria estaba animada por bandas militares, fuegos artificiales acuáticos, regatas, cucañas marítimas, carreras de bicicletas, etc. En su programación contaba con tres corridas de toros y una modernista velada marítima -festejo éste, propiamente cartagenero y colofón de la feria-.

1901. Elefante. Carroza construida totalmente con transparentes e iluminación interior y en la peana.

1901. Elefante. Carroza construida totalmente con transparentes e iluminación interior y en la peana.

1947. Barcaza preparada para la velada marítima.

1947. Barcaza preparada para la velada marítima.

Durante la feria también se celebraba la “Batalla de Flores”, donde desfilaban carrozas y carruajes hermosamente engalanados con miles de flores y con opción a ser premiados.

1903. Carruajes engalanados para la Batalla de Flores

1903. Carruaje engalanado para la Batalla de Flores.

Carruaje engalanado para la Batalla de Flores.

Carruaje engalanado para la Batalla de Flores.

En otra época, durante el día de Santiago, a la señal estrepitosa del cañonazo anunciante del mediodía, la gente que en ese momento anduviera por la orilla del muelle era arrojada al mar, vestida y sin previo aviso. Con el tiempo, esa costumbre pasó a ser tradición, y ese día se congregaba en el cantil del muelle una multitud de personas, mayoritariamente gente joven, a la espera del disparo de las doce para saltar vestidos al mar, eso si, llevándose por delante algún descuidado espectador.

En la parte más cercana a la Muralla se establecía otra peculiar feria que Isidoro Valverde definía de esta manera: “…otra pequeña feria sui generis, con personalidad y vida propia; era la feria de los barracones de mal pelaje, donde cierta clase de gente tenía sus diversiones peculiares y nada versallescas. Era un mundo báquico junto a otro mundo ordenado. Era un mundo pintoresco que hubiera encantado a cualquier pintor impresionista, separado del otro por una frontera inmaterial y meramente sociológica. Los de la feria de la derecha pasaban por su lado procurando ignorarlo. Naturalmente, las chicas bien no traspasaban esa frontera ni acompañadas por sus padres. Este mundo siniestro era conocido en Cartagena con el expresivo nombre de Barrio de las Injurias”

A partir de 1919, la feria veraniega fue decayendo poco a poco hasta desaparecer.

Terminando de narrar todo esto, no puedo evitar evocar esa sensación embriagadora de novela que nuestros antiguos paisanos sintieron ante tanta belleza y jolgorio, enaltecida por miles de bombillas que deslumbraron entre los brillos de la luz eléctrica a cuantos la vieron por primera vez.